Y ahora, enamorada, digo:
Vine aquí para vivir, porque los muertos no respiran, y yo creo que sí; encontré lo que quería, lo que quiero, aunque no sé ni lo que soy, solo sé que hoy le quiero, ayer le quería, y mañana creo que todavía también; he de tomarle por la mano y susurrarle al oído: "Cielo. Mi amor. Mi vida. Mi todo. Eres lo que llevo toda la vida buscando. Y, ahora que te he encontrado, debo acompañarte hacia otro lugar. Cuando nos vayamos acercando, empezarás a notar cómo la temperatura ha bajado de unos pocos grados. Sigue sin abrir los ojos, yo te llevo. Según vaya avanzando el camino y transcurriendo el tiempo, te darás cuenta de que ya estamos bastante lejos. Irás notando cómo lo que antes era camino ahora se vuelve hierba alta y va rozándote los tobillos, las rodillas, hasta pararse en tus caderas. A medida que el contacto con la hierba alta aumente, notarás la mano más holgada. La derecha, sí, tu izquierda. Dejaremos de caminar, pues no nos queda camino. Una brisa de aire te avisará cuándo puedes abrir los párpados. En el momento en que divises un cerezo entre las hierbas, unas nubes al fondo tapando una montaña nevada, un poco de barro a la altura de tus piés. Y un banco solo. Habrás llegado. Te darás cuenta de que nuestros anillos ya no se chocan produciendo un sonido frívolo. Esa brisa que notabas en el rostro ahora la notarás hasta la punta de los dedos. Tuve que marcharme. Pero no volví sobre mis pasos. ¿Ves el vacío que se intuye entre el cerezo y las nubes? Es el acantilado por el que tuve que marchar. Te quiero. Se me olvidó murmurarte al oído."

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