Siempre vuelven; siempre vuelven sus demonios. Me ven, me agarran, me
atrapan, me besan y me sueltan enamorada. Y siempre vuelven; cuando parezco
haberme deshecho de ellos, me vuelven a embrujar, ¡demonios! Inocente de mí,
que les veo cómo despliegan la alfombra roja frente a mi corazón, cómo se hacen
paso entre mis órganos vitales y se adentran en su objetivo hasta bloquear el
flujo regular de sangre entre mis venas.
Así dicho, no parece algo bonito, el amor. Eso que se dice y que tanto se
ignora. Yo creo, casi con certeza, que los demonios son amor; un amor que no
sabe amar. Porque ellos son capaces de detenerlo todo. ¿Todo? Sí, ignorantes,
¡todo! Los planetas, el viento, las corrientes, las horas, las palabras por
decir. Ya nada vive fuera de su amor; incluso su víctima está muerta.
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