viernes, 26 de diciembre de 2014

Soy sin ser visto

Un ser menospreciado deambula por el mundo. Sin que nadie le invite, penetra en una sala y acude a una sesión de auto exposición al dolor. Como siempre, por pena, es tratado como el minúsculo ser que es, mientras observa sabiamente cómo a su alrededor tratan a los cuerpos con simples mentes como si éstas estuviesen en la desvergüenza y el atrevimiento. Por momentos, se pregunta si no estará a su altura al ofrecerse voluntario para el sacrificio: obstáculos... ojos... cámaras... voces... ya es demasiado. Entonces, un ignorante cuerpo viene a estrujarle entre sus brazos, a ofrecer sus labios a sus mejillas, y a regalarle sus dulces palabras. Sin embargo, tan ignorante él, ignora lo ardiente que resulta el insignificante ser en su interior, y lo que arde por él; y, puestos a enumerar, la razón por la que se encuentra irremediablemente aprisionado por aquel modo de vida. Insaciable sed de él. Seduce a otros cuerpos pero no consigue dejarse seducir. ¿Cómo es posible que una mente tan desbordante de un sentimiento tal no consiga que la mente en cuestión descuelgue la llamada? 

No hay comentarios:

Publicar un comentario