Y entonces volví a aquel lugar y él ya no estaba, ni ella, ni nadie. Los
olores que emanaban de las plantas llegaban hasta mi nariz; el sobrecogimiento
que me causaba la visión de aquellos paisajes escoceses, seguía ahí. En aquel
instante me di cuenta de algo que había estado ignorando toda mi vida: esa cosa
tan especialmente profunda que me penetraba y recorría las entrañas hasta
dejarme sin soplo con que expresar lo que sentía, eso, estaba dentro de mí.
Deseaba revivir los paseos entre aquellas farolas que iluminaban la plaza
desierta de un tono rosado que casi parecía sacado de un cuento de hadas; y lo
conseguí. Por primera vez en media vida de ilusiones y enamoramientos, conseguí
vivir por mí. Ya nadie podría decidir por mí cuándo sentir amor, un amor que no
siente la pareja, aquel concepto extraño en que extrapolamos nuestras mayores
pasiones con una falsa impresión de reciprocidad. Mis lágrimas no pertenecen a
nadie más que a mis mayores frustraciones e ilusiones; sus ausencias no me
pertenecen de ninguna manera tampoco. He vivido mil y una historias de amor
propio, desgarrándome, deseándome, respetándome, insultándome. Y, al final,
decidí tratarme con cariño, puesto que me enteré de que yo era mi media
naranja.
